Tres dientes, dos costillas, un pulgar autor Maritza Campusano

Nuestro pasado nos asalta a veces, en forma inespe- rada. Y esto ocurrió con una sola frase que escuche en Sydney, en un café: habían dos hombres conversando en la mesa próxima, yo estaba con una amiga en animada conversación y no les prestábamos ninguna atención, pero se hizo uno de esos silencios raros y profundos que ocurren a veces, cuando uno de ellos estaba diciendo, con una voz clara y melancólica:

-Y ahí se quebró mi camino, el que yo conocía, por el que seguía seguro y contento…

Lo que siguió se perdió en los ruidos de voces, cucharas golpeando platillos, risas y nuestro diálogo. Al salir miré de reojo al individuo, un hombre canoso y enjuto, de apa- riencia quijotesca, que miraba obstinadamente su taza de café.

Salí de allí con una lista de diligencias por hacer, pero, aunque traté, no pude evitar la tormenta interior. En mi mente pensamientos, memorias e imágines se daban vueltas en un remolino. Tantos años han pasado, tantas lunas viviendo lo mejor posible, pero con ese dolor ape- nas sepultado, con esa sombra porfiada que asomaba en mis sueños, siempre el mismo sueño, el sueño de buscar sin esperanza y finalmente encontrar algo que se perdió, el mismo sueño repetido en diferentes versiones, distintos escenarios, distintos objetos, sueño que no po- dría clasificar de pesadilla, porque no era una alivio el despertar, porque hubiera querido seguir sumergida en esa extraña realidad que no lo era.

Entre mis amarillentas fotos conservo una en especial, tal vez de 1971: somos un grupo de jóvenes, sentados en el pasto del viejo Instituto Pedagógico en Santiago. Los varones con ese pelo largo con patillas y algunos con barba y bigotes, la moda de la época. Las niñas con esos pantalones “pata de elefante”, el pelo largo, algunas con ponchos. Todos sonriendo, estábamos terminando nuestras carreras, casi todos ya trabajábamos en co- legios particulares, en colegios fiscales, por horas, ha- ciendo clases particulares a alumnos rezagados, otros haciendo la práctica. No, no había entonces un camino quebrado, había por el contrario un camino abriéndose, un buen futuro y eso reflejaban nuestros rostros: nuestra inocencia, ingenuidad y nuestras esperanzas. ¡Ay palo- mitas, el gavilán andaba cerca y su zarpazo no se hizo esperar!

Sé el nombre de cada uno, sé lo que ha pasado con la mayoría de ellos, los que emparejados entonces, se casaron y tuvieron hijos, los que siguieron viviendo en Chile. Sé los que están viviendo en Canadá, Suecia, Inglaterra, Escocia, y uno rezagado en Italia, en los brazos de una contessa. Sé quienes regresaron a que- darse y quienes volvieron a salir. Me escribo con la ma- yoría. Los lazos establecidos entonces son fuertes e imperecederos y sobrevivieron la mala fortuna que para nosotros represento el golpe de estado de 1973.

Yo estoy en Australia, pero Mariela mi mejor amiga, está en Chile, nunca se ha movido, nunca dejó de buscar a Andrés, el de la sonrisa pícara, que una fría noche de Noviembre de 1975 fue visitado por esos individuos, caricatura de película de la guerra fría, vestidos de negro, con anteojos obscuros, llenos de insolencia, a

rrastrándolo al auto Fiat, también negro como la nube que ensombrecería la vida de Mariela para siempre. Después del shock inicial vino la búsqueda incesante, la búsqueda de un abogado para imponer un recurso de amparo, lugares que pasaron a ser horrendamente fami- liares: retenes de carabineros, hospitales, la morgue, mas visitas al abogado, al curita del barrio, a amigos tan vulnerables como ellos o nosotros, a gente que po- drían ayudar y nada. Las autoridades negaban tenerlo, negaban haber escuchado de él. Al cabo de tres meses algunas informaciones empezaron a filtrarse, alguien lo vio en algún retén, otro en un centro de detención, a mal traer pero todavía vivo, aún vivo ¿Como estar seguro de que esto era cierto? ¡Nadie podía garantizar nada!

Entretanto mi vida en Australia se deslizaba plácida y sin sobresaltos, había pasado del inicial desgarro de dejar todo atrás a concentrar mi energía en buscar caminos, salidas y como diría un cínico, finalmente su- mergida en la burguesía. Desde Australia también hi- cimos algo por Andrés, conseguimos cartas y firmas di- rigidas a autoridades chilenas, denunciamos su caso a distintas instancias el exterior. Al parecer las cartas eran eficaces, ya que al exponer el caso de un desaparecido ante la opinión extranjera, como era mala propaganda para la junta militar, algo se conseguía. A veces una vida se salvaba, a veces era muy tarde.

Las esperanzas fueron muriendo con el tiempo, el ras- tro de Andrés se perdió en 1976, en un lugar llamado Villa Grimaldi, en Santiago. En Febrero de ese año fue la última vez que se le vio. Estaba tranquilo a pesar del maltrato evidente y decía que lo iban trasladar a un lugar donde su familia podría ir a verlo.

-Me siento como un zombie-, me escribía Mariela. -No me atrevo a sentir, estoy como en permanente estado de shock, Me amedrentan, me siguen, hay gente que ya no me habla pero no me importa, no me toca. Vivo para las noticias, ahora soy parte de una asociación, el Padre Francisco me alienta, curiosamente me he acercado a la fe que había dejado atrás. ¿Qué otra cosa me queda?

¡Cuídate!, le escribía yo. Le mandaba regalitos para le- vantarle el ánimo, incluyendo paquetes de cigarros. -Que manera de fumar, decía Mariela, parece que vivo de café y cigarros, la comida se me atraganta, no puedo disfrutar de nada, es como vivir en un monstruoso paréntesis. En el exterior también, una amiga en Alemania todavía no se animaba a instalarse, no compraba cortinas, ni platos, nada. -Estoy de visita- me escribía. Yo juntaba dinero para Mariela y su asociación, era necesario para ir de un lado a otro del país, en esas búsquedas infructuosas, para ir en taxi a conversar con alguien que podría tener alguna información, para pagarle al abogado.

Al volver a casa caminando lentamente y recordando esos acontecimientos, saco de nuevo las fotos que con- servo en una caja, junto a las cartas de mi madre y esos objetos pequeños que uno acarrea donde vaya, que son nuestros tesoros; una entrada al cine, un anillo que ya a uno se le hizo chico, una flor seca, una foto del matrimonio de Andrés y Mariela, una foto de ella sola, una foto de él en primer plano, así quiero recordar a mi amigo, así con esa sonrisa contagiosa y esa mirada franca y luminosa. En 1990, Mariela, finalmente después de 14 años de incertidumbre fue informada que tal vez los restos de Andrés podrían estar en un cementerio clandestino que se había descubierto en un fundo en las afueras de Santiago y que había pertenecido al Ejercito de Chile hasta 1980. En este lugar había una fosa donde se encontraban los restos de varias personas y que fue descubierto porque iba a ser transformado en un grupo habitacional y por lo tanto fue excavado. El tiempo y la pala mecánica redujeron lo que quedaba a pequeños huesos, restos de vestuario, de relojes, de anteojos, anillos. Le tomó un par de años a una experta en identificar los restos.

Miro la foto y sonrío, nuestros seres queridos siempre los llevamos enteros en el corazón. Todos mandamos a Mariela lo que teníamos de Andrés para una celebración de su vida que tuvo lugar en 1992.

Pero a Mariela finalmente solo le queda la memoria de un gran truncado amor, y de él lo único que se pudo identificar: tres dientes, dos costillas y un dedo pulgar.

Maritza Campusano, chilena, residente en NSW

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