Reencuentros autor Mari Paz Ovidi

Panchita, una gatita negra de ojos claros, fue el único gato de mi vida.

Su historia podría haber sido una de las muchas his- torias que se escriben sobre gatos. Todas las narracio- nes sobre animales domésticos que han sido parte de nuestra vida y los perdimos, suelen tener algo en común: el vacío que dejan en nuestra vida, el recuerdo que per- dura y hace resurgir en el corazón tristeza y ternura, y esa “insoportable levedad” o inestabilidad, que causa en todo ser viviente cambios inevitables. Pero yo era muy pequeña cuando la tuve a mi lado y no guardo recuerdos, ni cariño, ni ternura hacia ella, a pesar de que su destino estuvo ligado al mío, y aún lo sigue estando.

Nací a los seis meses de estallar la Guerra Civil espa- ñola, en un pueblo cerca de Toledo, y allí permanecí has- ta que terminó y mis padres se trasladaron a Madrid a emprender una nueva vida.

Cuando nos fuimos a la capital yo tenía tres años y, por lo que oí contar, el período pos-guerra fue muy duro y di- fícil para todos, dentro y fuera de la capital. Para mi her- mana, dos años mayor que yo, y para mí, aquel traslado supuso que de una casa amplia y con jardín, pasáramos a vivir en un piso más bien pequeño, en la cuarta planta de un edificio situado en una calle céntrica.

Huelga decir que apenas terminada la Guerra no había ni lo necesario para cubrir las necesidades básicas, por lo que no existían juguetes ni tiendas donde comprarlos; tampoco teníamos amigas ni animales domésticos, el ú- nico tesoro que poseíamos era lapiceros, papel y algunos libros. Pero sucedió que al cabo de unos meses de vivir en Madrid, vino a visitarnos una vecina del pueblo y nos trajo una gatita apenas destetada como regalo.

Dicen que era totalmente negra, con el hociquito y las patitas blancas, pero lo que más destacaba de ella eran

sus ojos de color verde, que por la mañana eran muy claros, pero por la tarde se volvían oscuros. Mi madre decidió que fuera para mí, ya que era la pequeña, la más delicada y la más mimada de las dos, y como era invier- no me sacaban muy poco a la calle. Mi madre la puso de nombre Panchita, pues era comilona, y su tripita se ponía redonda y reluciente cuando comía, para mí fue simplemente Ita.

Ita dormía conmigo, pero cuando se apagaban las luces y la casa se sumía en el silencio, yo me iba a la cama de mis padres y la dejaba sola. Nunca llegué a experimen- tar el gran placer que según dicen, se recibe cuando un gato te despierta por la mañana tocándote suavemente la cara.

El invierno fue largo y duro, y la pequeña Ita no se sepa- raba de mi madre, y yo me puse celosa y no la quería, pues siempre había tenido la atención total de mi madre y ahora tenía que compartirla con ella. Una regla de hie- rro para todos era el no abrir las ventanas hasta que se pasase el frío, pues no había calefacción, el carbón y la electricidad estaban racionados y era muy difícil caldear el piso. Pero Ita, que llevaba meses sin salir a la calle, quizás añorando su anterior libertad, cuando mi madre salía, en lugar de sentarse cerca del brasero tomó por costumbre subirse en un sofá que había debajo de la ventana del salón y pasarse allí las horas muertas miran- do hacia fuera con la naricilla pegada a los cristales

Al fin la primavera venció los crueles fríos del invierno y se abrieron las ventanas, pero “la de Panchita” nunca se abrió por miedo a que sintiera la tentación de escaparse; las demás ventanas eran muy altas para ella, y no había cerca ningún mueble donde pudiera subirse.

Nos equivocamos. Un día se fue a la cocina detrás de mi madre y de repente dio un salto y se tiró por la ventana, muriendo en el acto estrellada contra el suelo de la calle.

A mí me dijeron que se había ido con su mamá y parece ser que mi reacción fue de total indiferencia. Al morir Pan- chita me compraron una muñeca de cartón piedra, a la que tuve como sirvienta y esclava de mis caprichos: la hacía tomar aceite de ricino, la regañaba si no quería co- mer, la acostaba temprano si era mala, y otras pequeñas crueldades infantiles que con Ita no hubiera podido prac- ticar. ¿En qué clasificación del alma infantil me hubiera colocado Freud…?

Pero el mundo no ha parado de girar desde que fue crea- do y los avatares de la vida cambian continuamente a las personas. Otra vez le estoy dando la razón a Kundera, aunque no estoy de acuerdo con muchas de sus ideas.

Vivo en Australia desde hace cuarenta años. Digamos que la vida me ha tratado bien y estoy contenta con mi su- erte. Estoy casada y tengo dos hijas, la mayor vive aquí en Sydney y la pequeña en Melbourne. Sin embargo, hubo un tiempo en el que me vi flotando en aguas turbulentas y necesitando paz y privacidad y me fui a Melbourne a pasar unos días con la pequeña. Christina vivía en una casa mediana, cómoda y acogedora, en compañía que una gata con dos hijos ya crecidos. Como es de imaginar me recibió con todo el cariño y alegría posible, y después de enseñarme la casa llamó a los felinos para que los conociera.

Yo apenas los miré de refilón y dije que eran preciosos; los gatos no me interesaban, pero ella los adoraba y me contó su historia: una cruda noche de invierno oyó maullidos en el jardín posterior de la casa y al abrir la puerta se encontró con una gata famélica a punto de parir y la dejó entrar, la dio de comer, la acomodó en una manta en su dormitorio y allí dio a luz tres gatos, uno de los cuales nació muerto y Chris, al ver que la madre, olvidándose de sí misma, hacía esfuerzos sobrehumanos por resucitarle, no quiso separarla de los otros dos hijos y se quedó con ellos.

Christina se iba temprano a trabajar y yo dedicaba el tiempo a leer, escuchar música, escribir o meditar. Los

gatos no me necesitaban y el primer día ni siquiera los vi, pero dos días después, estando en mi cuarto escribiendo, noté que una sombra negra pasaba varias veces por de- lante de la puerta.

Al día siguiente sucedió lo mismo, por lo que dejé de es- cribir y fui a ver que era: sentada al lado de la puerta vi a la gata madre, que me miraba fijamente sin moverse. La ob- servé despacio y al hacerlo sentí una fuerte conmoción en las entrañas: era negra, el hocico y las patas blancas y en sus ojos verdes había una luz que yo conocía y guardaba en algún rincón ignoto de mi alma.

Pronto tuve que volver a Sydney, pero el recuerdo de aquella gata me obsesionaba y empecé a sentir una ne- cesidad imperante de ir a verla y estrecharla en mis bra- zos, pero la cosa me pareció ridícula y no lo hice. ¡Qué equivocación!… Poco después desapareció y hasta ahora nadie ha sido capaz de encontrarla.

Y yo sigo obsesionada con ella. Y en mi corazón, el de- seo de hallar una explicación de por qué aquella gata entró en mi vida, y después de muerta volvió a mi encuentro rec- lamando mi cariño, es una garra que atenaza mi corazón y no me deja reposar.

Ayer algo iluminó mi mente y pensé que hay una mane- ra de descifrar este misterio…

(¡Qué estoy diciendo! ¡Dios de ampare!… Soy creyente, y sé que mi vida no me pertenece, que solo Dios puede disponer de ella…)

Son las doce de la noche. Mi marido duerme y la casa está en completo silencio. Y yo, aprovechado la soledad que me envuelve, me he sentado a terminar este cuento, en parte cierto, en parte imaginario, que tantos recuerdos me ha traido de mi niñez y de aquella gatita que fue mía cuando tenía tres años y a la que nunca quise.

Pero apenas me he sentado he vuelto a levantarme… “Reencuentros” es un cuento que no tiene final. Acabo de ver pasar una sombra negra por delante de la puerta de este cuarto que me sirve de despacho…

Mari Paz Ovidi, española, residente en NSW

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